26 de noviembre de 2016

Jornaleros de la Patagonia

En la Patagonia, la mayoría de los peones que participaban en las tareas que más mano de obra requerían, como la esquila, eran proporcionados por los contratistas, también conocidos como “enganchadores”, que asumían el papel de intermediarios entre la sociedad ganadera y los obreros. Era el contratista quien se encargaba de reclutar, pagar y alimentar a los jornaleros, liberando a los terratenientes de tan molesta tarea. Muchos de los peones de las estancias eran chilotes reclutados directamente en Chiloé, como apunta el profesor Luis Mancilla Pérez en su libro "Los chilotes de la Patagonia rebelde": “firmaban un contrato en las oficinas de las empresas de navegación, que realizaban el servicio de cabotaje en todos los puertos de la Patagonia, y en octubre de cada año se embarcaban en Castro para viajar, encerrados cinco días en las bodegas, hasta llegar a Punta Arenas donde las comparsas de esquiladores eran transportadas a las estancias de las sociedades ganaderas”. Sus penosas condiciones de trabajo convierten a estos hombres en parte imprescindible de la historia. La imagen del esquilador es obra del genial fotógrafo Grégoire Korganow (10 de julio de 2015).


El etnólogo suizo Jean-Christian Spahni visitó en 1971 las estancias de Tierra del Fuego: “Provisto de una carta de recomendación, me dirigí a la estancia “José Menéndez” donde fui recibido por los peones que estaban con la tarea de la esquila y que parecían trabajar como esclavos. Tuve la impresión de que estos hombres vivían con miedo. El administrador, al que encontré al día siguiente, se muestra cordial pero no está por la labor de facilitar mi investigación. En realidad, me trata con distancia y solo se ofrece a enseñarme lo que yo mismo soy capaz de ver con mis propios ojos y sin la ayuda de nadie. En ese momento, sentí una impresión desagradable. Y lo que aprendí después sobre la historia de estas estancias no hizo más que confirmar mis temores”. A pesar de que José Menéndez, el rey de la Patagonia, había muerto en 1918, las condiciones de vida de los trabajadores rurales no cambiaron mucho con el paso de los años. La fotografía es de Ignacio Hochhäusler (4 de diciembre de 2014).


El profesor Luis Mancilla Pérez es el autor de "Los chilotes de la Patagonia rebelde", un libro publicado en 2012 en el que se describe el perverso sistema de explotación de los jornaleros, trasladados en barcos desde Chiloé a las estancias de la Patagonia para trabajar en la esquila, sometidos a agotadoras jornadas de trabajo, hacinados en barracones insalubres, sin médicos ni comodidades de ningún tipo y a los que se les pagaba en vales y fichas de las sociedades ganaderas en lugar de en pesos corrientes. Mancilla aclara: “firmaban un contrato en las oficinas de las empresas de navegación, que realizaban el servicio de cabotaje en todos los puertos de la Patagonia, y en octubre de cada año se embarcaban en Castro para viajar, encerrados cinco días en las bodegas, hasta llegar a Punta Arenas donde las comparsas de esquiladores eran transportadas a las estancias de las sociedades ganaderas” Las justas protestas de los peones rurales en demanda de unas dignas condiciones de trabajo terminarán en diciembre de 1921 en un verdadero baño de sangre, con cientos de obreros asesinados por el ejército argentino en medio del silencio cómplice de las autoridades de Chile, tanto civiles como religiosas, salesianos incluidos. En la imagen, esquiladores de una estancia en plena faena (28 de octubre de 2015).


En las huelgas rurales de 1921 en Santa Cruz fueron fusilados cientos de jornaleros, que se habían entregado al ejército argentino. Uno de los asesinados, el más joven, fue Ramón Pantín, un muchacho de tan solo diecisiete años de edad. Español, originario de A Coruña, su familia emigró a la Argentina huyendo de la miseria de su tierra natal, buscando una oportunidad para sus hijos. Llegaron a la Patagonia para trabajar, primero como jornaleros en Río Gallegos, después en 1913 a Calafate, siendo una de las primeras familias de pobladores, verdaderos pioneros que vivían y trabajaban en aquel lugar, haciéndolo prosperar con su esfuerzo. Cuando se produjo la revuelta de los peones rurales, que protestaban por sus terribles condiciones de trabajo, sin botiquín, cobrando en vales, con interminables jornadas de trabajo, sin posibilidad de traer a sus familias, Ramón Pantín se unió a las filas de los huelguistas. Tras la derrota de la rebelión por el ejército, Ramón fue fusilado por orden de Robert Riddell, administrador de la estancia Anita propiedad de los Menéndez-Behety. Sus restos están en una fosa común, junto a los de cientos de sus compañeros asesinados, chilenos, argentinos, españoles, alemanes, mientras que los grandes terratenientes están enterrados en fastuosos mausoleos en los cementerios de La Recoleta o Punta Arenas. Pero no importa, porque las gentes de Calafate conocen la verdadera historia y hoy el apellido Pantín es evocado con respeto y admiración, sus descendientes lo portan con orgullo e incluso la municipalidad les ha rendido homenaje poniendo el nombre de Ramón al puente de acceso al municipio y de José, otro de los hermanos, a una calle y un colegio. Gracias a Manuel Raún Pantín Rivero por conservar intacta la memoria de su familia, a Luis Milton Ibarra Philemon de la Comisión de las Huelgas de 1921 por la fotografía y al escritor Mingo Gutiérrez por contar en su blog la historia legendaria de esta huelga (7 de octubre de 2016).


En las estancias ganaderas de la Patagonia diciembre y enero son los meses de la esquila. La mano de obra necesaria para esta tarea era proporcionada generalmente por los jornaleros de Chiloé, en cuyos puertos los barcos de “La Anónima” y “La Explotadora” llenaban sus bodegas de hombres fuertes y vigorosos dispuestos para estas duras faenas. Se trataba de los denominados “peones golondrina”, esquiladores que eran contratados estacionalmente. Tras largas y extenuantes jornadas de trabajo, al concluir la esquila, se encontraban de pronto desocupados y ya no eran bienvenidos en la hacienda, que debían abandonar rápidamente. La lana procedente de las ovejas será enfardada y enviada en bruto a los mercados europeos, generalmente Gran Bretaña, donde se llevará a cabo todo el proceso industrial y manufacturero. La riqueza iba a parar exclusivamente a las familias de los terratenientes, que cobraban en libras esterlinas, mientras que pagaban a sus peones con vales y fichitas a canjear en sus propios establecimientos comerciales. Los obreros tratarán de protestar contra esta situación tan injusta, siendo acallados a sangre y fuego y pagando su osadía con la vida, en los trágicos asesinatos de diciembre de 1921 en Santa Cruz. Les recomendamos la lectura de "Los chilotes de la Patagonia rebelde", libro escrito por Luis Alberto Mancilla Pérez y publicado por Impresores y Editores Austral S.A., Chiloé, 2012. La excepcional fotografía es de Robert Van del Hilst (13 de abril de 2015).


Huyendo de la pobreza de su región natal, miles de asturianos cruzaron el océano Atlántico y se radicaron en la Patagonia, llevando una vida de trabajo, privaciones y esfuerzo. Del Corralón de Sama de Langreo era Lisardo Fernández Zapico, minero de profesión que tras residir un tiempo en Punta Arenas, Chile, se radicó en Puerto Deseado, Argentina, donde fue Jefe de la estación “Tellier” del ferrocarril Deseado-Las Heras. Después de la brutal represión de las huelgas obreras de 1921, renunció a su trabajo en la línea férrea que servía para transportar la lana de las estancias de los terratenientes y empezó desde cero una vida como granjero. Con su esfuerzo no solamente sacó adelante a su familia, sino que fue capaz de derrochar generosidad y solidaridad dando refugio a los líderes obreros que huían del ejército y la policía. Lisardo jamás tendrá una calle a su nombre ni un colegio o parque en su homenaje. Sin embargo, su peripecia vital y su gesta es evocada con respeto y admiración por sus descendientes que, a ambos lados del ancho océano, en la Patagonia y en Asturias, mantienen intacta su memoria. Desde las viejas fotografías que atesora su familia, Lisardo nos contempla, cien años más tarde, con la mirada bien alta. Sin claudicar (7 de mayo de 2015).


11 de noviembre de 2016

El genocidio selk'nam a través de los testimonios de la época (3)

El pueblo selk'nam de Tierra del Fuego fue víctima a finales del siglo XIX de un terrible genocidio. Los responsables de los asesinatos, persecuciones y deportaciones fueron los grandes terratenientes ganaderos, que se apoderaron de las tierras de los indígenas para sus explotaciones ganaderas. Entendemos por genocidio la eliminación metódica, total o parcial, de un grupo social por motivo de etnia, de religión, de raza, de política o de nacionalidad. 



Aunque hay quien asegura que se trata de un término moderno, nacido durante la II Guerra Mundial, y que su uso no puede extenderse a sucesos anteriores, la historiadora Florencia Roulet ya demostró que “la consagración jurídica de los conceptos que designan prácticas delictivas siempre es posterior a la generalización de su uso, ya que el delito precede al concepto y éste precede al tipo penal. Lo reciente del término genocidio no debe hacernos olvidar que se trata de un nuevo nombre para un crimen tan viejo como el mundo”. Ahora, historiadores chilenos exigen al estado de Chile el reconocimiento del genocidio del pueblo selk'nam, cuyos sobrevivientes supieron mantener intactas sus tradiciones y costumbres, como la ceremonia del Hain, uno de cuyos espíritus, Matan, fue fotografiado por Martin Gusinde en 1923. Si aún no ha firmado, hágalo ahora en Change (6 de mayo de 2016).



Ante la monstruosa evidencia de que miles de selk’nam de Tierra del Fuego habían sido “cazados” como animales hasta provocar su casi total exterminio a finales del siglo XIX, a los historiadores oficiales no les quedó más remedio que reconocer el genocidio. Ahora bien, Mateo Martinic, por ejemplo, enseguida se apresuró a exculpar a los dos principales latifundistas, José Menéndez y Mauricio Braun, señalando como responsables de los asesinatos exclusivamente a sus empleados: “eran hijos de su época y como tales adherían a sus ya conocidos principios éticos. Ahora bien, esta certidumbre les condujo a impartir instrucciones pertinentes cuya ejecución estaba librada a la diligencia de los administradores u otros empleados que les estaban subordinados, que al parecer no tenían grandes escrúpulos de conciencia. Y si estos cometieron excesos en su cumplimiento ¿cabía extender esta responsabilidad por hechos censurables hasta la jefatura superior? No resulta fácil aceptarlo, o al menos en cuanto a que ésta “realmente” aprobara “los procedimientos” utilizados. Pero, aunque así hubiera sido (lo que no consta), en una apreciación que requiere objetividad para ser justa cabría exculpar a Braun y Menéndez en tanto que ambos –se reitera– participaban del concepto del darwinismo social en boga y que, en definitiva, proclamaba la superioridad de la civilización (los colonizadores) sobre la barbarie (los indígenas)”. Hoy la perversa estrategia del "yo no fui, fueron mis subordinados", queda desmontada al darse a conocer la correspondencia particular y los informes internos de los latifundistas. Alexander MacLennan, el mayor "cazador de indios", actuó siempre siguiendo las órdenes de Menéndez, que le regaló un valioso reloj de oro en pago a sus años de lealtad y servicio. Alexander Cameron, el administrador de las estancias de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, que en 1898 se jactaba de que "el problema indio está solucionado", fue el hombre de confianza de Mauricio Braun, que nombró una hacienda, estancia Cameron, en su homenaje. En fin, un texto que nos debe mover a reflexión sobre la interesada escritura de la historia. En la fotografía de 1890, vemos una familia Selk'nam presa en Punta Arenas; falta el hombre que ha sido, con toda probabilidad, asesinado (3 de abril de 2016).



Merece la pena detenerse en las opiniones de Eduardo Menéndez Hume, bisnieto por partida doble de dos grandes latifundistas de la Patagonia, José Menéndez y José Montes, que ofrece su particular explicación de la casi total extinción del pueblo selk’nam de Tierra del Fuego: “Los indios, que tenían que correr como unos locos todo el día para cazar un guanaco, se dieron cuenta de que a una oveja la agarraban más fácil y les resultaba más cómodo. En algún momento seguro que hubo algún enfrentamiento aislado que les costó la vida a algunos indios. Respecto de los indios muertos por el robo de algún lanar, quiero decir que hoy, todos los días, muere un blanco, un indio o un negro por robar un pasacasete, un banco o un par de zapatillas. Sigue sucediendo pero en vez de llamarse indios se llaman ladrones”. Estas declaraciones expresadas sin rubor alguno son del año 2009. Hoy “los Menéndez” siguen cabalgando tranquilamente por sus anchos campos, mientras los descendientes selk’nam luchan por recuperar las tradiciones y costumbres de su pueblo aniquilado. En la foto de 1923 de Martin Gusinde, podemos contemplar la choza del "Hain" y un koshménk o espíritu a la izquierda de la imagen, una compleja ceremonia que nos habla de la espiritualidad del pueblo selk'nam (26 de septiembre de 2015).



La desaparición de la mayor parte de la población selk'nam que habitaba la Tierra del Fuego obligó a algunos historiadores a pergeñar las más disparatadas teorías que permitieran explicar lo sucedido. Armando Braun Menéndez, nieto de José Menéndez e hijo de Mauricio Braun, lo tenía claro: “Esta leyenda de crueldad extravagante tiene sin embargo su explicación: cada vez que varaba en tierra una ballena, acudían los onas al inesperado banquete, pero les era imposible terminarla antes de que entrara en descomposición; y sabemos el efecto de la ingestión de mariscos y peces en mal estado. Era frecuente observar al lado de los restos de una ballena cadáveres de los indígenas que, llegados tarde al festín, habían sido víctimas de su ignorante glotonería. Así lo explican varios exploradores científicos. Pero la ocasión fue campo propicio para los sembradores de patrañas”. En conclusión, según este autor, una de las razones de que los pueblos originarios de la Patagonia fueran diezmados fue comer alimentos en mal estado. En la imagen, una familia selk'nam pintada por Furlong (1 de noviembre de 2015).



Aunque nadie duda hoy sobre la participación de los empleados de José Menéndez en la persecución y matanzas del pueblo selk'nam de Tierra del Fuego, los diarios de los misioneros salesianos, vecinos de las estancias del poderoso terrateniente, constituyen una prueba irrefutable. Un ejemplo; en enero de 1897 las Hijas de María Auxiliadora escribían: “Varios empleados de la hacienda de Menéndez mataron a un grupo de hombres indios y las mujeres las condujeron a la misión: bautizamos las muchachas, ya tenemos 39 muchachas en casa y los salesianos tienen ya 42 muchachos”. Unos días después, eran los misioneros los que anotaban: “El mayordomo de los Menéndez trajo hoy a la misión 30 indios entre esos se recogieron en casa 10 niñas y 2 niños”. La costumbre era matar a los hombres, que se defendían furiosamente, y deportar a las mujeres y niños a las misiones, especialmente a isla Dawson. En la foto, niños selk'nam presos en Ushuaia, en una fotografía del mismo año (7 de noviembre de 2015).



Muy tempranamente, desde mediados del siglo XIX, un grupo de antropólogos alemanes, Theodore Waitz, Georg Gerland y Friedrich Ratzel, puso en cuestión las causas a las que las potencias coloniales europeas atribuían la desaparición de pueblos indígenas de los cuatro continentes: indolencia, guerras tribales, disminución de la fertilidad, abortos e infanticidios, canibalismo y sacrificios humanos, naturaleza inhospitalaria, etc. Bien al contrario, llegaron a la conclusión de que las verdaderas razones de la aniquilación de pueblos enteros eran el comportamiento hostil de los colonizadores, ávidos por más y más tierras, y el contagio de enfermedades. Exactamente esas fueron las razones del genocidio llevado a cabo en Tierra del Fuego contra selk’nam y yámanas, a pesar de que todavía hoy algunos autores sigan atribuyendo su desaparición a “su propia y débil naturaleza” o a “feroces conflictos intertribales”. La fotografía de los cazadores selk’nam es de Alberto de Agostini (23 de enero de 2015).








3 de noviembre de 2016

Devolución de restos humanos de los Pueblos Originarios en Patagonia y Tierra del Fuego (2)

En diez años se ha avanzado mucho en el tema de las restituciones de restos humanos de los Pueblos Originarios a sus comunidades. Desde la indiferencia de la sociedad y la resistencia inicial de las autoridades y las instituciones, donde solo la terquedad de las comunidades originarias y de grupos de estudiantes y antropólogos como los que forman el Colectivo GUIAS mantenían vivo el reclamo, hemos pasado a la colaboración de los museos y a una enorme presión social favorable a la devolución de los restos de las víctimas del genocidio ocurrido en América del Sur desde finales del siglo XIX.

Maish Kensis, yámana prisionero en el Museo de La Plata. Fuente: Bioiconografía
Un ejemplo es el apoyo que ha concitado la petición al Gobierno de Chile de restitución de estos restos, presentadas por un grupo de historiadores, diputadas, profesores, escritoras, intelectuales, y firmada por más de cuatro mil personas de una docena de países (Si no lo han hecho, pueden adherirse aquí). 

El antropólogo Daniel Badenes, del que ya publicamos un artículo escrito en 2006 con el título de TROFEOS DE GUERRA, analiza el estado actual de la cuestión, con la perspectiva que proporciona diez años de lucha y de logros. Les invitamos a su lectura.


Aletheia, volumen 6, número 12, abril 2016 ISSN 1853 - 3701

Por Daniel Badenes*

El 19 de abril se concretó en el Museo de La Plata una acción reparatoria para la comunidad Selk´nam: la restitución de los restos humanos de cuatro integrantes de esa etnia -sólo uno de ellos identificado con nombre-, que hasta ese día fueron parte de la extensa colección que la institución formó a partir de las campañas de exterminio contra los pueblos originarios desarrolladas por el Estado argentino en el último cuarto del siglo XIX.

Tras la firma de actas entre las autoridades y representantes de la comunidad se realizó un acto público. Comenzó con formalidad protocolar. Un locutor anunció las presencias destacadas y recitó el marco institucional de la restitución: el Convenio 169 OIT; la ley nacional de restitución de restos humanos (Nº 25.517, de diciembre de 2001) y la propia política debatida y definida en 2006, cuando el Museo aún tenía restos humanos en exhibición (Badenes, 2006).

En el momento de los aplausos, las palmas se mezclaron con el sonido penetrante de un instrumento de viento originario y un grito quechua-aymara de viva y acción: “Por la unidad de los pueblos, por el buen vivir, ¡jallalla!”.
Las diferentes formas de celebrar los discursos fueron la muestra de la diversidad que habitaba la sala: los miembros de la comunidad Selk´man Rafaela Ishton (que visitaban por primera vez el Museo donde sus ancestros fueron, durante más de un siglo, trofeos de guerra), representantes del Gobierno nacional (como Gustavo Peters, vicepresidente del INAI, que se retiró a poco del inicio por “cuestiones de agenda”) y de la provincia de Tierra del Fuego, autoridades universitarias, integrantes de otras comunidades indígenas, miembros de distintas divisiones del Museo, grupos de estudiantes y graduados.

Actores que han tenido y tienen distintas posiciones sobre el proceso de restituciones: quienes las impulsaron, quienes se opusieron y quienes las apoyaron tibiamente; algunos que vieron peligrar sus “objetos de estudio” y hoy acompañan estas acciones; otros que se formaron como sujetos profesionales y políticos a partir de la activación de estos reclamos; y por supuesto, quienes siempre reclamaron pero sólo recientemente pueden sentarse en primera fila y hasta son invitados a hablar, como Lorenzo Pincén, bisnieto del lonko mapuche, que el 30 de junio de 1989 presentó uno de los primeros pedidos recibidos por el MLP. Reclamaba entonces cinco restos de cinco mapuches identificados y catalogados en la “Colección Zeballos”: nunca tuvo respuesta y, hasta ahora, sólo uno de ellos fue objeto de una restitución.

La convivencia en la sala se volvió polifonía en los discursos: “las prácticas científicas y los paradigmas éticos del siglo XIX eran distintos”, “estos hermanos fueron traídos a este lugar como trofeos de guerra del Estado argentino”, “son procesos complejos”, “hay muchos ´ólogos´ que siguen haciendo masters encubriendo...”, “toma de conciencia”, “las devoluciones no se agradecen porque son una obligación”...
  
La fecha no es azarosa. El 19 de abril de 1940 se realizó el Primer Congreso Indigenista Interamericano, que dio lugar a la creación en el marco de la OEA del Instituto Indigenista. Al poco tiempo, varios países de la región convirtieron esa fecha en conmemoración: en Brasil, Getúlio Vargas estableció en 1943 el “Dia do Índio”; dos años después, en Argentina se instituyó por decreto el “Día del Aborigen Americano”.

En 1994, cuando el Museo de La Plata fue protagonista de la primera restitución ocurrida en América Latina, se eligió esa fecha: el 19 de abril se devolvieron (parcialmente, según se sabría luego) los restos del cacique mapuche Inacayal, que ahora descansan en la localidad de Tecka, provincia de Chubut.

22 años después, el mismo día es elegido para la reparación al pueblo Selk´nam. La directora del Museo, Silvia Ametrano, se encarga de señalar la coincidencia. Y sostiene que lo primero que hace un acto de estas características es “restituir la condición de persona a esos restos humanos”.

Le sigue el turno a dos miembros de la comunidad Selk´man: Leonardo Martínez Pantoja y Rubén Maldonado. Leonardo tiene 31 años: más o menos el tiempo que lleva la lucha de su comunidad por ser reconocida. En 2010 se enteró parte de esta historia y recién este año estuvo “bien empapado”, según le contó a Aletheia unas horas antes del acto, emocionado porque “los cuatro hermanos van a volver a su tierra y van a descansar como tiene que ser”. Ahora, en la sala, se dirige al público académico: “Nunca deberían haber sido llevados a otro lado para que se los manipule. Disculpen la gente del Museo, pero son mis sentimientos”.

Rubén Maldonado también dice pocas palabras. “Este es un acto que pesa y nos deja a veces mudos”. Representante de su comunidad ante el Consejo de Participación Indígena, le toca la parte de agradecer: nombra al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, al colectivo que impulsó las restituciones (GUIAS) y a las autoridades del Museo, al que no conocía y donde encontró “mucho calor humano”.

Menciones y omisiones trazan la tensión de una política que sigue en disputa. El colectivo GUIAS aparece en la voz del dirigente Selk´nam y en la del consejero estudiantil Ignacio Bernazza, que lo reconoce como “uno de los actores que impulsan estas restituciones en el Museo de La Plata”. En los demás discursos institucionales, ese empuje no forma parte del relato. Pero hacia el final le dan la palabra a Fernando Pepe, coordinador del colectivo:

-No ha sido fácil. En el mismo 2006 empezamos a trabajar para restituir los restos de Seriot. Seriot estaba armado en un aula, con él aprendimos los que cursamos antropología biológica, a identificar restos humanos... Después pudimos resguardar sus restos hasta el día de hoy, que llegan a manos de la comunidad. -dice Pepe, que sí conoce el Museo pero la última vez que estuvo allí, dice, fue para la restitución de Damiana/Krigui, seis años antes (Badenes, 2010). -Transcurrieron diez años de lucha, diez años de conflicto y de alegría como la que estamos viviendo hoy.

Marina Sardi, representante de la División Antropología -“el lugar mismo donde las cosas hoy ocurren, tal vez el lugar más difícil para estar y para hablar”, según define-, afirma que ahora ese área “acompaña la política de restitución, aún con las dificultades que esto conlleva, con las indiferencias y las resistencias, así como con la incertidumbre sobre lo que vendrá”. Y también repone su historia:

-Así nos formamos los antropobiólogos en esta institución hace más de veinte años atrás, con una fuerte tradición de estudio sobre restos humanos como los que hoy se restituyen. Estos estudios han contribuido desde distintos lugares al desarrollo teórico de la antropología y al conocimiento de la historia humana. No obstante, y aún conociendo la historia de esas colecciones, en mis años de formación por ejemplo no había espacios académicos formales, y casi tampoco informales, para la discusión y la reflexión. Solo se trata de restos humanos, decíamos muchos, hace años. Por eso los primeros reclamos, llegados de afuera, se encontraron con una natural resistencia, instalaron sin embargo la duda e impulsaron muy paulatinamente el cambios en nuestras prácticas y en nuestras subjetividades...

Durante mucho tiempo, dice Sardi, aquellos cuerpos quedaron “separados de su vida previa, de la historia y de su vínculo con alguna comunidad viviente. En algunos casos quedaban como muestras de comunidades que supieron ser, como los Selk´nam, que hasta no hace mucho el discurso científico los asumía como una población extinta”.
  
Esa negación histórica de la comunidad Selk´nam resalta el carácter reparatorio de la restitución aprobada por la Facultad platense en 2013 y concretada ahora, después de algunas disputas en la propia comunidad que no resolvía internamente el destino de los restos.

El 3 de junio de 1999, el diario Clarín publicó un artículo que se titulaba “Tierra del Fuego: murió la última ona a los 56 años”. También otros medios informaron que había muerto la última integrante de la comunidad Selk´nam. Pero era una información equívoca.

En efecto, aquella etnia originalmente nómade -que habita la zona desde hace 11.000 años- fue diezmada por armas argentinas y chilenas que expresaban el avance ganadero, y por las enfermedades en las misiones salesianas donde fue recluida. No obstante, sus descendientes persisten, viven en la zona Tolhuin -entre Río Grande y Usuahia-, han formado una comunidad reconocida por el Estado que logró la asignación de unas 35.000 hectáreas, y han impulsado un reconocimiento identitario capaz de reclamar sus restos robados después de las feroces matanzas que sufrieron en el último cuarto del siglo XIX.

Aunque aquella nota de Clarín le daba un tenor especial, no era la primera vez que se escuchaba ese discurso, avalado por la antropóloga estadounidense Anne Chapman, que con un enfoque profundamente biologicista da por extintos a los Selk´man. Entre sus recuerdos, por ejemplo, Rubén Maldonado evoca la reforma constitucional de 1994, cuando los convencionales incluyeron en la Carta Magna, por unanimidad, el reconocimiento de la identidad étnica y cultural de los pueblos indígenas. En aquella ocasión, la convencional María Elena (Rubio de) Mingorance, del Movimiento Popular Fueguino, dijo que iba a acompañar el proyecto e iba a votar aunque en Tierra del Fuego ya no quedaban más indígenas.

Ese relato perdió vigencia con el paso de los años, con la evidencia del proceso de reetnización y los reclamos que siguieron a la nueva Constitución Nacional. En 1998, la Comunidad Indígena Rafael Ishton logró la restitución de las tierras donde actualmente viven unas 12 familias y donde fueron llevados los Selk´nam restituidos por el Museo de La Plata.

El pedido por los restos óseos de Seriot/Capelo y otros tres indígenas no identificados, iniciado en 2010 y concretado ahora, es parte de ese proceso de recuperación histórica. Y no termina ahí: la comunidad tiene conocimiento y espera la restitución de restos que están en poder de otras instituciones (Guichon, 2015).
  
Los Selk´man fueron arrasados en las últimas dos décadas del siglo XIX y las primeras del XX, cuando avanzaron proyectos ganaderos -muchos de empresarios británicos- sobre la región de Tierra del Fuego. En poco tiempo, los guanacos fueron reemplazados por ovejas, y los pueblos originarios confinados en misiones salesianas donde muy pocos sobrevivieron. La bandera de la ganadería capitalista era asumida entonces por dos Estados: el argentino y el chileno.

La Rafaela Ishton, situada en la actual provincia argentina de Tierra del Fuego, es la única comunidad Selk´man que persiste en el mundo. En Chile, donde el discurso de la “extinción” tiene valor de verdad, un grupo de académicos inició un petitorio para que el Estado reconozca ese genocidio, en paralelo a la concreción de la restituciones en La Plata (Alonso Marchante et al, 2016).

En el país trasandino el tema ya había sido objeto de un debate legislativo en 2007, cuando a partir del Informe de la Comisión de Verdad Histórica y Nuevo Trato con los Pueblos Indígenas (2003), el entonces senador por Magallanes Pedro Muñoz presentó una moción para que el Estado asuma ese genocidio. Sin embargo, otros legisladores pidieron reemplazar el término de “genocidio” por “extinción” para evitar reclamos de indemnizaciones. El proyecto nunca llegó a aprobarse. El reciente petitorio impulsado por académicos recuerda el breve intercambio de palabras ocurrido durante el tratamiento en el Senado chileno:

“El señor CHADWICK.- Señor Presidente, efectivamente, como señaló el señor Secretario, aprobamos en forma unánime la erección de los memoriales, pero lo hicimos sobre la base de que se eliminaría la calificación de ´genocidio´. Por lo tanto, es preciso suprimir tal vocablo en la suma que encabeza el informe. Ese fue el acuerdo al que llegamos en la Comisión. Y sus miembros, por las señales de asentimiento que hacen, lo recuerdan.
El señor NAVARRO.- ¿Y qué fue, entonces? ¿Una abducción...?
El señor NOVOA.- No. Tuvo lugar una extinción.
El señor FREI, don Eduardo (Presidente).- Si le parece a la Sala, se acogerá la iniciativa”.

Casi diez años después, se reabre aquel debate: “las autoridades del Estado de Chile deben arbitrar las medidas para que los cuerpos profanados y exhibidos en museos, o depositados en instituciones locales, nacionales o extranjeras puedan finalmente reposar dignamente en la que fuera su tierra”, concluye el pedido (Alonso Marchante et al, 2016), mientras en Argentina los Selk´man celebran que “cuatro hermanos volvieron a su tierra”.


Referencias bibliográficas

Alonso Marchante, José Luis; Gómez Baeza, Nicolás y Harambour Ross, Alberto (2016). “Reconocer el genocidio selknam y el derecho de los muertos a descansar en Tierra del Fuego. Petición dirigida a Intendente Región de Magallanes y la Antártica Chilena Jorge Flies Añón y otros”, Chile.
Badenes, Daniel (2006). “Trofeos de guerra”, en La Pulseada, Nº 43, La Plata, septiembre.
Badenes, Daniel (2009). “Noticia de un secuestro”, en La Pulseada, Nº 74, La Plata, octubre.
Badenes, Daniel (2010). “Damiana/Krygi volvió a su tierra”, en La Pulseada, Nº 81, La Plata, julio.
Guichón, Ricardo et al (2015). “Experiencias de trabajo conjunto entre investigadores y pueblos originarios. El caso de Patagonia Austral”, en Revista argentina de antropología biológica, vol.17 Nº 2, La Plata, diciembre. 
*Graduado y docente de la Maestría en Historia y Memoria. Es profesor de Historia de los Medios en la UNLP y en la UNQ, donde dirigió la Licenciatura en Comunicación Social entre 2012 y 2016. Es editor de la revista La Pulseada. Sus últimos libros son Historia de los medios de comunicación (UVQ, 2014) y Un pasado para La Plata (EME, 2015). También fue compilador de Historia, memoria y comunicación (UNQ, 2011) y participó de diversos libros colectivos, entre ellos La voz de los lonkos (Catalonia, Chile, 2013), donde se publicó su investigación sobre los “trofeos de guerra” que conserva el Museo de La Plata.



26 de octubre de 2016

Devolución de restos humanos de los Pueblos Originarios en Patagonia y Tierra del Fuego

En los últimos meses se ha dado un gran impulso a las restituciones a sus comunidades de los restos humanos de los Pueblos Originarios depositados en el Museo de la Plata. En el mes de abril de 2016 los restos del legendario Seriot, asesinado en 1895 en Harberton, fueron devueltos a Ruben Maldonado y Leonardo Pantoja, representantes de la comunidad selk’nam Rafaela Ishton de Tierra del Fuego. El mes pasado fue el turno de cuatro caciques Mapuche cuyos restos fueron entregados en un acto lleno de solemnidad a los representantes de su comunidad en Trenque Lanquen. Ahora, las comunidades yámana/yagán Bahía Mejillones de Chile y Paikoala de Ushuaia se unen para pedir oficialmente la repatriación a su tierra de los restos de Maish Kensis y otros miembros de su pueblo.

Aunque los primeros reclamos tuvieron lugar en la década de los 90 del siglo XX, fue a partir de 2006 cuando las comunidades, los antropólogos y la sociedad en general comenzaron a apoyar con mucha más fuerza las restituciones. En el caso concreto del Museo de la Plata, debemos resaltar la acción del Colectivo GUIAS (Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social), formado por estudiantes de antropología que durante décadas han batallado para devolver la dignidad perdida a aquellos hombres, mujeres y niños que fueron perseguidos, capturados, asesinados, disecados en nombre de la “civilización y la ciencia”. Ellos fueron los primeros en retirar los restos humanos de las salas de exhibición y en facilitar a las comunidades originarias toda la información para presentar sus reclamos de restitución. También es de destacar la favorable actitud de las autoridades del Museo que, con su directora Silvia Ametrano a la cabeza, ponen hoy todos los medios para llevar a cabo estas justas devoluciones. 



Restitución Mapuche, Fuente: Museo de La Plata

No olvidemos que la legislación ampara las solicitudes de los Pueblos Originarios. Ya en 1970 la UNESCO estableció que “las colecciones anatómicas se consideran bienes culturales y, por lo tanto, deben ser restituidas cuando han sido objeto de importación, exportación o transferencia de propiedad ilícita”. También la ONU, en su Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de 2007, ha legislado sobre las restituciones, estableciendo en su artículo 12.1 que “los pueblos indígenas tienen derecho a obtener la repatriación de sus restos humanos”. En anteriores artículos vimos cómo se formaron las colecciones de restos humanos de estos museos e instituciones, mediante el robo, el saqueo y la violencia, y en las que sobresalen las macabras prácticas del Perito Moreno, las profanaciones de tumbas del conde francés Henry de La Vaulx o las expediciones racistas de Estanislao S. Zeballos que causaban horror incluso entre los propios soldados que le acompañaban, tal y como demuestra el profesor Marcelo Valko en su libro "Cazadores de Poder".

Sala de Anatomía del Museo de La Plata llena de esqueletos y cráneos, Fuente: GUIAS
Existe hoy una enorme presión social a favor de la restitución, entendida como una forma de reparación parcial de la tremenda injusticia cometida contra estos pueblos. En Chile, por ejemplo, un grupo de historiadores, intelectuales y políticos han solicitado al gobierno el reconocimiento del genocidio y la devolución de los restos humanos, una petición firmada por mas de cuatro mil personas de una docena de países. La sociedad civil en pie, sin distinción de fronteras, para exigir justicia con los Pueblos Originarios de América del Sur.

Nos gustaría compartir en este blog el excelente artículo escrito por el antropólogo argentino Daniel Badenes, de la Universidad Nacional de Quilmes, y que fue publicado en septiembre de 2006 en el número 43 de la revista “La Pulseada”. Con el título “Restos humanos enel Museo de Ciencias Naturales de La Plata – TROFEOS DE GUERRA” aborda los inicios del movimiento pro-restituciones, dando voz a los líderes de las comunidades y a los estudiosos e investigadores comprometidos.


Cacique Aónikenk Mocton. Fuente: Musée de l'Homme, París
En la siguiente entrada del blog de “Menéndez, rey de la Patagonia” difundiremos otro texto del mismo autor, aunque publicado diez años después. A nuestro juicio, la lectura de estos dos artículos permite hacernos una idea muy precisa de la situación actual de las restituciones de restos humanos, una cuestión muy importante en la que se ha avanzado mucho pero que se encuentra lejos de estar resuelta, con miles de restos humanos todavía repartidos por medio mundo. Les invitamos a leer, reflexionar, comentar y compartir estos textos.

"TROFEOS DE GUERRA: Restos humanos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata"

Por Daniel Badenes

Muchos fueron saqueados de cementerios indígenas. Otros corresponden a víctimas de la "Campaña al Desierto" o fueron asesinados por expediciones organizadas desde el propio Museo. Algunos estuvieron cautivos, fueron vejados y murieron en el edificio del Bosque platense. Más de un siglo después siguen allí, expuestos al público o a los investigadores, en lugar de volver a su tierra. Poco a poco surgen voces críticas que reclaman una reparación hacia las víctimas del primer genocidio cometido por el Estado nacional.

"La diferencia entre este museo y la ESMA es que acá quedó todo registrado", provoca el fotógrafo y estudioso de culturas indígenas Xavier Kriscautzky desde el subsuelo del monumental edificio construido en el Bosque a poco de la fundación de La Plata. La comparación con el prototipo de los campos de concentración que la última dictadura cosechó por centenares suena arriesgada, aunque tiene asidero. En ese mismo sitio restringido al público del prestigioso Museo de Ciencias Naturales, en cuyos pasillos se respira el aire nauseabundo de los ineficaces desagües cloacales, estuvieron cautivos aborígenes capturados durante la conquista de aquello que Julio Argentino Roca llamaba "el desierto", en la operación militar que significó el primer genocidio perpetrado por el Estado argentino.

Aún yacen ahí, entre cajones de madera arrumbados en sucios depósitos, los restos de caciques reclamados por sus comunidades de origen, entre unas diez mil "piezas" humanas que el museo platense cuenta entre su patrimonio. "Así como hay colecciones de mariposas y langostas, aquí se coleccionó gente", afirma Kriscautzky, profesional del Departamento de Fotografía Científica del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

"Tienen una deuda con todos nosotros que es histórica, moral, espiritual", acusa Victorina Melipan Antieko, cacique de una comunidad mapuche-tehuelche de Villa Elisa que recibe el nombre "callvu-shotel". Significa "flecha azul", que es el color sagrado. "Antiguamente, nuestros mayores usaban la flecha como herramienta para cazar, para subsistir. Luego la usaron como un arma de guerra, para la defensa. Hoy por hoy consideramos que nuestra flecha azul es el pensamiento", dice Victorina, que hace una década corroboró su pertenencia a una familia de lonkos de Costa de Lepá (Chubut), que la dio en adopción "como tantos otros de padres de familias numerosas y muy pobres, en un invierno bravísimo donde murieron miles de chiquitos aborígenes. A mi me tocó sobrevivir y eso es un privilegio". Convencida de haber encontrado su misión, "determinada por nuestros antes", la nieta del cacique Zenón Antieko tomó la palabra para oponerse a la exhibición de restos humanos en el Museo y reclamar su restitución a los lugares de origen, como han pedido otras comunidades indígenas. "Hoy tenemos que levantar la voz. Aquellos que fueron traídos no tenían voz. No tenían un derecho que los asista para decir que no estaban de acuerdo. En ese momento, si reclamabas, te mataban. Eras un indio". 120 años después, ese pasado oscuro del museo fundado por Francisco Moreno empieza a ser conocido y cuestionado.

Beneficio de inventario

"Si algo tiene de bueno este conflicto, es que no hay que andar buscando debajo de la alfombra absolutamente nada. Todo está publicado, hay documentos públicos", advierte con razón el antropólogo y documentalista Cristian Jure: los catálogos de la Sección Antropología de principios del siglo XX son una escalofriante confesión de partes. Un número, un nombre, la forma de muerte.

Esqueleto 1769, "Petizo", toba, Resistencia (Chaco), fusilado en 1886 por orden del coronel Obligado, Colección Spegazzini.
Esqueleto 1786, "Michel", indio araucano (masculino), Corpen Aiken (territorio de Santa Cruz), muerto en 1888 por expedición del Museo.
Esqueleto 1837, "Sam Slick", asesinado en Rawson, Chubut. Desenterrado por el doctor F. P. Moreno, viaje 1876-1877.

El inventario publicado en 1910 llega al número 5581 e incluye esqueletos, cráneos, cueros cabelludos, cerebros, mascarillas mortuorias, huesos sueltos, cadáveres disecados. "Un gran cúmulo tiene como origen las colecciones fundadoras. Moreno era un coleccionista de cráneos: a los 20 años tiene 300 en un museíto en su casa, a los 23 tiene 700, y cuando inaugura el Museo de La Plata ya tiene una colección de 1000 cráneos", cuenta Fernando Pepe, partícipe de un grupo de estudiantes que promueve la restitución a las comunidades.

Además de los recogidos en expediciones del propio Museo, buena parte de los restos que llegaron a La Plata fueron inscriptos como donaciones. Lo interesante es indagar quiénes fueron sus donantes. Unas trescientas calaveras, por ejemplo, llegaron de la mano de Estanislao Severo Zeballos. "Se le dice ´doctor Zeballos´, pero lo de doctor es por abogado. Fue el ideólogo, el apoyo intelectual, quien justifica la campaña del desierto", precisa Jure, actual coordinador de la Unidad de Medios Audiovisuales del Museo. Zeballos fue quien redactó La conquista de 15.000 leguas, por encargo del general Roca, que negociaba el financiamiento de su ofensiva: "como vuestra excelencia lo deseaba, para que pudiera ser leído por los miembros del Congreso", escribió al entregarlo, en 1878. "La Barbarie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos", informó unos años después. "¿Qué interés científico puede haber tenido un tipo así...?", se pregunta Jure: "esa es la razón principal por la cual los indígenas consideran que esos cráneos fueron tomados como trofeos de guerra".

Los restos recibidos en el edificio del Bosque platense que se inauguró en 1885 provenían del avance militar sobre el Sur y Chaco. En algunos casos se trata de aborígenes que fueron asesinados, y los propios catálogos lo explicitan. Otros fueron extraídos de cementerios: "Moreno era especialista en saquear cementerios indígenas de Pampa y Patagonia", califica Pepe.

Así, el Museo de La Plata no era sólo un lugar de ciencia. Era, ante todo, una institución política, con el objetivo de forjar un imaginario social en sintonía con las necesidades del Estado nacional en formación. "El problema político era fundamentar que la Patagonia era Argentina. Por eso las primeras colecciones fundadoras del Museo y los indígenas que son expuestos son todos de la Patagonia", explica Pepe.

En 1890 Moreno se jactaba de haber formado "la serie antropológica patagónica más importante que existe", una colección que iba "desde el hombre testigo de la época glacial hasta el indio últimamente vencido". Más aún: "tenemos ya en el Museo representantes vivos de las razas más inferiores (...) Estos indígenas se ocupan de construir su material de caza, pesca y uso doméstico mostrándonos los procedimientos empleados para vencer en la lucha por la existencia en los rudos tiempos del comienzo de la sociabilidad humana".

Para los vencidos no había otra opción que el sometimiento. Miles fueron prisioneros en el Tigre o en la Isla Martín García, masacrados por la tortura, las balas, el hambre o epidemias desconocidas. Otros, obligados a realizar tareas militares, o explotados en cañaverales del Norte. Parecía no regir la abolición de la esclavitud sancionada en 1813. Las familias de la elite elegían sirvientas entre las mujeres y sacaban chicos de los brazos de sus madres para regalarlos. Y Francisco Moreno, bondadoso, "rescataba" a algunos para convertirlos en los objetos más atractivos de su Museo.

Cautiverio platense

Cuando en 1879 el cacique Inacayal recibió a Moreno en Tecka, cerca del Lago Nahuel Huapi, no imaginaba que su vida terminaría como prisionero en el Museo de La Plata, conviviendo con restos de sus allegados expuestos en una vitrina.

Junto a Foyel, Inacayal fue uno de los lugartenientes de Sayhueque, el "Señor del País de las Manzanas". En un principio mantuvo tratos cordiales con exploradores que recorrieron la Patagonia, incluido Moreno. La situación cambió hacia 1884 cuando el Estado argentino, decidido a "conquistar el desierto", arrinconó a los pueblos indígenas. En octubre el grupo encabezado por Inacayal y Foyel fue atacado. Treinta murieron y los demás terminaron prisioneros. Según el Centro Mapuche Tehuelche de Chubut, que hace 15 años inició un reclamo por los restos de Inacayal, una vez allí fueron disgregados: "los niños regalados a distintas familias porteñas, las mujeres destinadas a trabajar como domésticas y los hombres enviados a la isla Martín García a picar adoquines para las calles de las ciudades".

En 1886 Moreno gestionó un nuevo sitio para los caciques: el Museo de La Plata. Las intenciones de ese traslado están en tela de juicio. "Si uno agarra los documentos escritos de Moreno es una ayuda humanitaria", puntualiza la actual directora del Museo, Silvia Ametrano: "Sería muy fácil emitir un juicio de valor pero es un tema muy complejo. Habría que investigar cuál fue el destino de los indígenas que quedaron en los lugares de confinamiento". Para Fernando Pepe, en cambio, no hay dudas: "Inacayal y su gente fueron traídos no porque Moreno se apiade, como dice la literatura cientificista, sino que tenían un destino fijo: la exposición y el descarne".

"Yo no puedo creer en su buen corazón y su buena esencia", recalca la lonka Victorina Melipan: "Fueron prisioneros. Estuvieron en su propia tierra privados de su libertad, de su propia esencia, de su cosmovisión, de su cultura, de su modo de vida. Fueron separados de sus hijos, entregados como mano de obra barata". Cristian Jure introduce una reflexión interesante al reparar en la cercanía al poder del entonces director del Museo: "Moreno tenía la capacidad de sacarlos de Martín García, como pasó, y volverlos a su tierra".

"Es lamentable el exhibicionismo que hizo en el Museo con los pueblos originarios", condena el escritor Osvaldo Bayer, que ubica a Moreno en su lista de personajes nefastos de la época roquista. Las "exhibiciones vivientes" tenían escasos fundamentos científicos y mucho atractivo como espectáculo. "También se llevaban grupos aborígenes a Europa para mostrarlos", agrega Kriscautzky: "se los puso ante el pasaje del público como si fuera un jardín zoológico".

Las muertes

Por las gestiones de Moreno fueron recluidos en el edificio del Bosque platense el cacique Inacayal y su mujer, Tafá (una alacaluf originaria de Tierra del Fuego; se presume que perteneció al grupo de Inacayal) y Foyel junto a su mujer y su hija Margarita, entre otros. "Eran una docena aproximadamente", estima Ametrano: "No todos murieron aquí; muchos regresaron a sus tierras". Efectivamente, Foyel pudo regresar a la Patagonia y, a cambio de reivindicarse como argentino, se le "cedieron" algunas tierras que el Estado consideraba "fiscales".

Inacayal, en cambio, se negó a resignar su identidad y siguió en cautiverio. Fue fotografiado, estudiado, utilizado como sirviente y expuesto a los curiosos nacionales y extranjeros. "Cuentan que cada tanto se enojaba y decía ´ustedes huincas, matan a mi gente, me traen acá, quiero volver a mi tierra´", ilustra el arqueólogo Gustavo Politis. Por su parte, Pepe recuerda un escrito sobre la psicología de Inacayal, realizado en esa época por un empleado del Museo: "dice que nunca habla, sólo cuando está borracho, que duerme todo el día y es propenso a la pelea. Eso demuestra un malestar: no era una estancia pacífica o placentera". Cita además que "hay cartas de Moreno de la época en las que dice que les bajó la ración de comida y aún así no quieren trabajar. Eso es una tortura. Ellos venían del sur, acostumbrados a comer una clase de comida, y pasan a comer sopa y a mitad de ración".

La seguidilla de muertes ocurridas en 1887 deja un manto de dudas sobre lo ocurrido con el grupo de Inacayal. El 21 de septiembre murió Margarita. El 2 de octubre, la mujer de Inacayal. El 10, la mayor del grupo, Tafá. Varios diarios se hicieron eco de los fallecimientos. El Eco de Córdoba, asociado a grupos católicos, acusó a Moreno de "caballero de la noche". Un periódico porteño, L´Operaio Italiano, lo cuestionó por no respetar las disposiciones municipales acerca del tratamiento que debía darse a los muertos.

Fernando Pepe cree que pudieron haber sido envenenados y da una pista: sus expresiones faciales, reproducidas en las mascarillas mortuorias que conserva el Museo, "son impresionantes; tienen rasgos de sufrimiento y dolor, los dientes apretados".

Inacayal vivió un año más y sobre su final se han escrito relatos grandilocuentes, originados en cierto ritual que habría hecho antes de morir, quitándose los "ropajes cristianos". Si de algún modo supo anticiparse a su muerte, lo arrojaron por las escaleras al desnudarse o se suicidó ante el tormento de ver expuestos los huesos de su propia gente, es objeto de disputas irresolubles. Pero todos coinciden en que murió el 24 de septiembre de 1888 y de inmediato su esqueleto descarnado, su cerebro y su cabello fueron incorporados a la macabra colección de los "últimamente vencidos".

De época y algo más

"Es un tema muy difícil", advierte otra vez Ametrano a la hora de juzgar a los hombres de "ciencia" que saquearon cementerios y tuvieron indígenas cautivos en el Museo. "Con los parámetros éticos y morales que he construido junto con la sociedad actual, y analizando la historia, por supuesto que creo que no hubiera sido deseable tener colecciones de restos humanos generadas de esa manera", dice y enfatiza la "evolución cultural" de su apreciación: "Era una práctica habitual de la ciencia en el mundo, enmarcada en la gran desesperación por entender el origen del hombre. Estoy haciendo un análisis, no un juicio. No justifico lo que pasó. No sé si lo entiendo. Lo ubico históricamente".

Jure admite que era una práctica habitual, pero aclara: "Era la forma de hacer ciencia: la forma colonialista de hacer ciencia". Por su parte, Kriscautzky se crispa ante el argumento que diluye todo en una usanza de la época: "Yo pregunto si los indios pensaban igual. Quiero saber qué pensaban los anarquistas en la Patagonia, para la misma época. Y si todos los científicos pensaban igual. En realidad, es producto del pensamiento de una clase dominante. La ciencia en este Museo dependía de la ideología de esa clase dominante".

Pero no había en aquellos tiempos, ni siquiera entre sectores de la elite, una visión unánime sobre el trato a los indígenas. "Mientras Roca hablaba de los salvajes o los bárbaros, San Martín decía siempre ´nuestros paisanos los indios´", distingue Bayer.

Por su parte, Politis recuerda que "Alsina era partidario de una posición defensiva, no agresiva hacia los sectores indígenas, para que se asimilaran progresivamente a la sociedad criolla. En cambio, Roca y la generación del ochenta promovían una política agresiva, de exterminio". Ministro de guerra entre 1868 y 1874, Adolfo Alsina pretendió lograr acuerdos de paz, afirmando que su plan era "contra el desierto para poblarlo y no contra los indios para destruirlos". Según Roca, en cambio, había que "ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo o expulsarlo", según su mensaje al Congreso de 1878.

Tampoco la conducción del Museo gozaba de una aceptación indiscutida: "Cuando mueren, los descarnan y pasan a formar parte de colecciones, en los diarios hay voces críticas. Y si la prensa de la época cuestiona, tan común no era", infiere Jure. El escritor español Federico Rahola visitó La Plata en 1903 y plasmó en el papel la "honda impresión" que le produjo la exposición de cráneos, "hablándonos de la capacidad intelectual y de las condiciones étnicas de los hombres que hasta ayer defendieron su suelo nativo del invasor, reducidos a mera curiosidad arqueológica. Los despojos de los indios que murieron en las luchas libradas para la conquista del desierto por los generales Roca y Villegas, los cementerios que conservaban los restos de sus antepasados en la proximidad de sus tolderías, están agrupados y clasificados en vitrinas, dándose el caso insólito de un pueblo sacrificado en aras de la civilización, desposeído de su suelo, cuyos restos han servido luego para formar colecciones de un museo zoológico. Vivo todavía el recuerdo de la lucha, los sabios estudian ya fríamente aquellos cráneos cual si fuesen de una raza prehistórica".

Poco a poco

El Museo tuvo cautivos a indígenas vivos hasta septiembre de 1894, cuando murió el joven yamana Maish Kenzis, que lleva más de un siglo en una vitrina. No obstante, el paso del tiempo también produjo cambios en las exhibiciones. Ya en 1927, cuando aún se exponían en una vidriera central cien esqueletos de originarios, se habló de un "panteón" de "héroes autóctonos que defendieron el suelo patrio de la pampa", según la Guía del Museo redactada por Luis María Torres. "Ya hay un cambio de actitud. Los restos seguían en exhibición masivamente, pero se los considera próceres de la patria, que habían luchado contra el enemigo gringo. No queda claro a qué enemigo se refiere, pero hay un cambio de visión sobre los caciques indígenas", interpreta Silvia Ametrano. Sin embargo, Inacayal y su grupo estaban fuera de ese altar de la patria.
Otro cambio institucional importante se produjo en los años 40, cuando la exhibición dejó de ser masiva, si bien el botín humano de las campañas al desierto siguió en el Museo hasta nuestros días. Al cierre de esta edición, el Museo aún mostraba el esqueleto de Maish Kenzis en su sala de Antropología Física y a una momia de Tiahuanaco, entre algunos otros restos. "Exposición no es solamente cuando vos lo mostrás al público al que le estás cobrando", relativiza la mapuche Victorina Melipan, sublevada: "Está expuesto a todos los investigadores, cuando tiene que estar con su pueblo. Está expuesto al que lo mira todos los días y lo clasifica arriba de una mesa".

Los reclamos de restitución se hicieron públicos en los ´70, en varias partes del mundo. Las comunidades de América del Norte y Australia marcaron el rumbo inicial. "Lo avanzado del tema depende de realidades locales", explica Ametrano: "Estados Unidos, donde las identidades culturales de las comunidades indígenas se han preservado mucho más, fue más rápido".

En nuestro país, los únicos dos restos devueltos a sus tierras salieron del Museo fundado por Moreno. Además, retornó a Tenerife una momia guanche que estaba en Necochea.

El primer pedido a la institución platense, que no prosperó, fue de un historiador que pretendía trasladar los jefes aborígenes a Trenque Lauquen. Recién en 1988 apareció un reclamo indígena por esa deuda histórica: el Centro Indio Mapuche Tehuelche de Chubut pidió la devolución de Inacayal. Así se abrió un debate donde, a un siglo de la muerte del cacique, primó entre los académicos la idea de "defender el patrimonio" de la institución. Hasta el Consejo Superior, órgano máximo de la Universidad, denegó la petición. Pero la publicidad del tema derivó en el impulso a una ley para forzar su retorno. Recién en abril de 1994 los restos de Inacayal fueron trasladados al valle de Tecka, en medio de actos protocolares, rituales indígenas y discursos políticos en cada parada.

Ese mismo año, la reforma constitucional introdujo un gesto significativo al reconocer la "preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas", lo que promovió una nueva legislación. A fines de 2001, el Congreso estableció que "los restos mortales de aborígenes, cualquiera fuera su característica étnica, que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen". La norma, que aún no se reglamentó pero es una referencia fuerte para las demandas, evitaría el trámite de sancionar leyes individuales para cada caso, como ocurrió hasta ahora.

Fue un año clave para los partidarios de las restituciones. El 22 de junio, también por obligación, la institución del Bosque restituyó los restos de Panquitruz Güor (Mariano Rosas, ver recuadro) a la localidad pampeana de Leuvucó. Mientras le rendían homenaje, con su cráneo envuelto por la bandera del pueblo ranquel, una representante del Consejo de Lonkos advirtió: "la verdadera lucha no se termina, porque los demás hermanos que quedan acá pronto van a ser recuperados para que todos puedan descansar en paz".

La vergüenza

En ese clima reparador, algunos estudiantes de antropología se fijaron un desafío: lograr que el Museo tome la iniciativa y retorne los "trofeos de guerra" a sus tierras, anticipándose a los reclamos. "Pedimos permiso y empezamos revisando el inventario de Antropología Biológica. Buscábamos a la mujer de Inacayal y la gente que vino con él", relata Fernando Pepe, miembro del Centro de Estudiantes: "No nos imaginábamos que una de las primeras piezas que íbamos a encontrar sería el cuero cabelludo de Inacayal. Pensábamos que estaba restituido". Todos lo pensaban. "Si en 1994 te dicen que se restituyeron los restos, ¿cómo ahora puede aparecer el cabello de un lonko, que es algo sagrado para nosotros, y su cerebro disecado mantenido en formol?", se exaspera Victorina Melipan: "Violaron algo sagrado: la palabra y el espíritu de confianza de los pueblos. A partir de ahora podemos suponer que aquellos huesos no pertenecían a esa persona". Pepe no cree eso, pero sí que "es posible que aún haya en La Plata restos del esqueleto de Inacayal y otras partes blandas que no hayamos encontrado. No hay un inventario de cuando se hizo la restitución. Yo creo que no está completo".

Para la directora del Museo, el incidente es una suerte de error administrativo. "Es una consecuencia de museos tan grandes y viejos como el nuestro. En el 94 no se sabía que estaba", asegura. "Por eso la ley federal de Estados Unidos que obliga a la restitución de restos, dio cinco años a todas las instituciones con colecciones de restos humanos para hacer un riguroso reinventariado, y recién después de ese período comenzar las restituciones". Ametrano afirma que hay una decisión en ese sentido y se está trabajando en el reordenamiento de las "piezas". Pepe desconfía de que haya real interés en la institución: "Nuestro grupo somos todos estudiantes. No tenemos ningún graduado, ningún doctorado. Hay profesores y licenciados que podrían trabajar en el tema, pero nadie se anima para no perder su trabajo".

Mientras tanto, el Museo ya recibió pedidos por los restos de Chipitruz, Indio Brujo, Gherenal y Calfucurá. Este último, acaso por su relevancia, tiene cuatro reclamantes, en cuya conciliación trabaja el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas.
Entre los miles de restos humanos "coleccionados" en La Plata hay alrededor de treinta con datos identificatorios -nombres, fechas, tribus-, incluyendo tobas, tehuelches, araucanos, un mataco, un ona, la india alacaluf y un yamana; estos dos últimos, muertos en la época más sombría del Museo, cuyas heridas aún no cierran.

Volver a ser tierra

"Nos deben respeto. Muchos de ellos han hecho sus tesis y todo lo demás a costa de la sangre y la memoria de nuestros antepasados. Queremos que se devuelvan a la brevedad todos los restos de aborígenes que están en el museo. Que se restituyan a los descendientes, a sus comunidades de origen o a las regiones donde estuvieron asentados", presiona la cacique desde Villa Elisa, decidida a intervenir en la discusión que empieza a abrirse: "también exigimos que se restituya el 50% de todo lo recaudado por la exhibición de los nuestros".

Lejos de eso, el debate académico aún tiene posiciones encontradas, y el Museo avanza lento en sus gestos de reparación histórica. "Sería un perjuicio para el Museo si se hace un despoblamiento masivo de estos cuerpos. A través de ellos podemos comprobar cómo eran las costumbres y modos de vida de otras culturas. Además, la principal función del museo es educar a través de la observación", declaró tiempo atrás al diario Hoy Héctor Pucciarelli, jefe de la división de Antropología Biológica.

"Cuando hicieron la sala de Etnografía, la iban a llamar Encuentro de Culturas", evoca y cuestiona Kriscautzky: "En realidad es una cultura que está exhibiendo a otras. Aquí no hubo otras culturas opinando sobre cómo exponer sus ideas. Sólo se buscó que la sala quede lo más linda posible mostrando hachitas, flechitas... Al no participar las culturas vivientes en cómo contar su propia historia, para mí sigue siendo una falta de respeto".

A fines de 2003, miembros de una comunidad boliviana de Tiahuanaco hicieron una ceremonia en la ciudad que iba a concluir en las escalinatas del viejo edificio del Bosque. "Había gente que venía de Bolivia. No conocían el museo. Cuando llegaron ahí decidieron entrar, fuera de todo lo previsto", recuerda Cristian Jure, que los acompañaba con su cámara en el hombro. Otra vez el Museo de los vencedores recibía a los vencidos, pero esta vez tenían voz y más libertad. Angustiada, una mujer se colocó una mano en el pecho y no la movió de ahí en toda la ceremonia. Casi todos, en silencio, caminaron dando vueltas en torno al vidrio que aprisiona a la momia de un antepasado. Al rato, uno de ellos improvisó unas palabras demoledoras: "Para nosotros es un gran dolor. Es una gran tristeza que en el siglo XXI, en esta sociedad moderna, llamada una nación civilizada, todavía no haya respeto a nuestras raíces... Cualquier ser viviente, en cualquier punto del planeta, tiene derecho de descansar en el lugar que nació".

Jallalla se titula el video que guardó ese momento, y sirvió para sensibilizar a quienes decidieron no exhibir restos humanos en Tres Arroyos (ver recuadro). Jure, su responsable, destaca la importancia de estos reclamos en la reconstrucción de identidades: "muchos descendientes que no se reconocían como tales empezaron a identificarse como indígenas a partir de los reclamos de restitución". No es poco para una Nación que durante décadas silenció parte de su historia y "eliminó a los indios hasta de los censos", como escribió Ricardo Rojas en 1940.

"No pueden seguir atrapados ahí. Somos tierra, tienen que volver a su tierra. Merecen respeto quienes murieron dejando la sangre en este suelo, que es su suelo, donde fueron sometidos", insiste Victorina Melipan, evocando los orígenes de estos territorios: "Nos tendrían que restituir la tierra. No la van a restituir. Entonces por lo menos que nos restituyan la identidad de nuestros mayores, con el mismo respeto que fueron repatriados los restos de San Martín y de Rosas".

"Hay una reivindicación histórica y un uso magnífico del conflicto", aprueba Jure: "El gran reclamo siempre de las comunidades indígenas es el territorio. Reclamar los restos, más allá de toda la legitimidad del reclamo como tal, implica decir: tráiganlo acá, porque el lugar donde lo van a enterrar es nuestro".

El genocidio

La política del Estado argentino hacia los aborígenes en el último cuarto del siglo XIX es una gran lección sobre eufemismos. Se llamó desierto al territorio ajeno, excavación científica a las profanaciones de tumbas y campaña a un verdadero genocidio. Julio Argentino Roca fue el máximo responsable de la conquista del Sur, en lo que llamó campañas del desierto, ofensivas político-militares sobre territorios pampeanos y patagónicos que se desarrollaron entre 1878 y 1885. Para organizar la Argentina, pensaba, había que "concluir con los indios".

"El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero", anunció con orgullo al congreso al concluir su plan, por cuyo "éxito" ascendió de Ministro de Guerra a Presidente durante dos mandatos. Entre los militares e ideólogos de esa conquista, el triunfo también se retribuía con grandes tierras, colecciones de objetos de valor y cráneos tomados como botín de guerra, además de los beneficios del trabajo esclavo de los vencidos. Los "indios" que no aceptaban subordinarse eran aniquilados, mientras que los "amigos" eran deportados y recluidos en reservas miserables.

"Estos son los primeros desaparecidos de la Argentina: Inacayal, su gente y los 20.000 muertos en el genocidio de las campañas al Sur y al Chaco", sostiene Fernando Pepe. Por eso siente "una continuidad" entre los homenajes a los desaparecidos y "el rescate de la memoria de estas cosas escondidas u olvidadas dentro del Museo". No es el único que plantea una analogía entre aquel entonces y la última dictadura. Kriscautzky identifica la ESMA con el Museo de La Plata, en alusión al cautiverio de indígenas en tiempos de Moreno. Gustavo Politis tiende a creer en cierto objetivo de "darles condiciones de vida un poco mejores", aunque admite: "No se podían ir de acá. Estaban presos. Es como decir: salieron de Mansión Seré y los metieron en un penal".

El templo del morbo

"Si quieren lucrar que lucren con otra cosa. Ya eso hora de que piensen con esa cabeza que tienen y tantos doctorados, que inventen un nuevo sistema para museos. Pero no más con huesos humanos", reclama con dureza Victorina Melipan Antieko. Las discusiones sobre ese tipo de exhibición, paralelas a los reclamos de restitución, también tomaron fuerza en los últimos años. 

El reclamo de mayor repercusión apareció hace un año, cuando La Nación y luego otros diarios nacionales difundieron la intención del Museo de Arqueología de Alta Montaña de exponer a todo público unos ajuares y las momias de tres chicos incas sacrificados hace cinco siglos, que fueron hallados en 1999 en la cima del volcán Llullaillaco (Salta). "La verdad es que estamos obligados a mostrar las momias. Constantemente recibimos notas de gente que nos lo pide", justificó en aquel entonces el director del Museo salteño.

"La exhibición de las momias sigue un criterio de kiosco: la antropofagia es muy rentable. Eso no es para la educación o el conocimiento, sino para la entrada. Y se da como natural que el Museo cobre entrada", objeta Kriscautzky y habla del caso platense: "La gente viene a ver las momias. Entonces se las muestra como un atractivo, un objeto de curiosidad. Algunas no tienen más edad que la de tatarabuelos de funcionarios que están en el Museo, y corresponden a culturas que están vivas en el país".

En el Museo de La Plata, la imprevista visita de la comunidad boliviana en 2003 fue clave, aunque la momia de Tiahuanaco sigue en exposición aún hoy. "Nos hacen un daño terrible, irreparable, es un daño muy grande. Dicen investigar, pero no tienen conocimiento desde los pueblos originarios sino desde la cultura occidental", cuestionó quien tomó la palabra para reclamar.

Las imágenes grabadas ese día por Cristian Jure se plasmaron en un audiovisual que circuló en ámbitos académicos. Dos años después, Politis recurrió a ellas en "Tumbas sin tiempo", el video que decidieron exhibir en el Museo de Tres Arroyos en la sala donde iban a estar y no están los restos humanos del sitio Arroyo Seco 2. La decisión acuerda con una tendencia mundial. Otra institución local que decidió quitar esas "colecciones" de sus salas fue el Museo Etnográfico de Buenos Aires.

"En la exhibición que tenemos ahora, no sé si con éxito, se intenta mostrar las prácticas y la actitud ante la muerte, que es un tema que se puede seguir tratando", cree Ametrano, la directora de la institución platense, que aún no satisfizo los reclamos explícitos de no-exhibición que recibió.
Aclara que "no hay ninguna ley que prohíba la exhibición de restos humanos", si bien reconoce la proliferación de códigos de ética. El Comité Internacional de Museos de la UNESCO, por ejemplo, sugiere trabajar a partir del permiso de las partes. "Que la comunidad de pertenencia del resto humano manifieste su consentimiento para la exhibición de restos humanos", explica Ametrano: "Es un esfuerzo que va a haber que desarrollar. No será muy fácil de construir porque no todas las comunidades indígenas en nuestro país están tan organizadas".

Un rostro del abuso

"La pequeña Damiana, abandonada en el transcurso de esa escena de carnicería, fue de inmediato apañada y conducida a Sandoa donde hoy es educada por los matadores de los suyos", relató Charles de la Hitte, allegado al antropólogo Herman Ten Kate, que trabajó en el Museo de La Plata a fines del siglo XIX. Se refería a una bebé, cuyo verdadero nombre desconocía, capturada tras un feroz ataque a un campamento de indios Guayaquíes (según el nombre, también, colocado por los conquistadores).

Tiempo más tarde, Ten Kate tomaba sus medidas y la fotografiaba para compararla con un modelo de referencia: las niñas germánicas de la época. Poco afecto recibió la niña bautizada como Damiana por sus apropiadores, entre fotos humillantes y castigos. En 1900 fue llevada a San Vicente para trabajar como sirvienta en la casa del director fundador del Hospital de Melchor Romero. Pero Alejandro Korn terminó internándola, primero en su propio nosocomio y luego en una "casa de corrección", alarmado por su conducta.

En un artículo publicado en la revista del Museo de La Plata, que reproducía su foto desnuda, Robert Lehmann-Nitsche afirmaba que "la libido sexual se manifestó de una manera tan alarmante que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia, resultó ineficaz", un indicio del trato que pudo haber recibido al pasar de mano en mano. "No podría decir que hubo un abuso de acceso carnal, pero Damiana fue víctima de un abuso sexual. Eso es innegable al ver las fotografías que le toman a una niña desnuda", interpreta Fernando Pepe.

Aquella ignominia no terminó ni cuando murió, atacada por la tisis. Los científicos locales le cortaron la cabeza y la enviaron a la Sociedad Antropológica de Berlín. "El cráneo ha sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho llegó demasiado bajo", se quejaba Lehmann-Nitsche, el científico importado por el perito Moreno que regresaría a Alemania hacia 1930, después de 33 años como jefe de la Sección Antropología del museo platense.

Un cacique sin paz

El ranquel Paghitruz Güor se crió a orillas de la laguna Leuvucó, en el nordeste de La Pampa. Tenía nueve años cuando fue secuestrado junto a otros chicos indígenas por una tropa que lo entregó a Juan Manuel de Rosas. Al saber que era hijo de un cacique y pertenecía a la prestigiosa "dinastía de los zorros", éste "le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila, le dio su apellido y le mandó con los otros de peón a su estancia del Pino", según Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, que relató parte de su historia en la novela Una excursión a los indios ranqueles.  

Con los huincas, "Mariano Rosas" aprendió español y la tarea de las faenas rurales. Hasta que en 1840, después de seis años, ansió volver al monte y huyó. Una vez en Leuvucó recibió de su padrino animales, prendas, objetos de valor y una invitación para visitarlo. Pero Mariano, que decidió conservar ese nombre, no quiso abandonar su tierra, ni siquiera cuando su tribu quedó diezmada por la viruela. En 1858 asumió la conducción de la confederación ranquelina. Negoció tratados de paz y, cuando fue necesario, lideró la resistencia contra el ataque de "los blancos".

Enfermó y murió en agosto 1877, un año antes de que Roca lanzara la ofensiva militar que arrasó con su comunidad. En 1879 el coronel Eduardo Racedo halló tu tumba y lo desenterró para comerciarlo en Berlín, aunque terminó en manos de Estanislao Zeballos. Así, los restos robados en Leuvucó fueron "trofeos de guerra" que permanecieron durante más de un siglo en La Plata, hasta que el Museo tuvo la obligación de restituirlos en 2001.

Además de evocar parte de la historia de Mariano Rosas, el libro de Mansilla, publicado por entregas en 1870, fue un aporte relevante a la literatura argentina y evidencia que había otras formas de ver al "indio" en su época, sin presentarlo como un ser inferior, salvaje y ajeno a la condición humana.

El héroe que la derecha nos legó

"Destacadas personalidades se vieron atraídas por la visión abarcadora del fundador de La Plata, entre ellos, un joven autodidacta de veinticinco años, Francisco Pascasio Moreno (...) Este hombre ejemplar y científico por vocación, enterado de las intenciones del gobierno provincial de crear un museo de ciencias naturales dona su colección privada reunida durante diez años...".

Así presenta al primer director del Museo el sitio web de la Municipalidad de La Plata. Y comúnmente se desconoce la trayectoria de este personaje, mitificado en los relatos más públicos, cuyo apellido y condición de perito se asocian a uno de los glaciares más bellos del país.
"Para mí el perito Moreno es un ser sin ética. Era muy racista", objeta el escritor Osvaldo Bayer, obstinado en su militancia por quitar del centro porteño el gran monumento a Roca y reemplazar los nombres de calles y ciudades que homenajean a los responsables del genocidio del siglo XIX. El autor de La Patagonia Rebelde menciona que el fundador del Museo platense afirmaba que los mapuches tenían "cara de sapo", y no se cansa de relatar la ocasión en que fue invitado al Museo Perito Moreno de Bariloche y cuestionó, a partir de sus propias frases, la figura del prócer. "Me interrumpió la directora del Museo para decirme: ´señor Bayer, usted se olvida que eran los tiempos de Darwin, que señalaba que el hombre desciende del mono´. Le agradecí infinitamente la lección que me acababa de dar y dije: ´Ahora comprendo todo. El hombre desciende del mono y los mapuches del sapo´. Hubo una gran risotada y nunca más me invitaron".

Acomodaticio en los espacios de poder, traicionero explorador del sur argentino, coleccionista de cráneos, desertor de una misión pública, propagandista de su propia figura: los motes que Moreno recibe en los relatos no oficiales distan mucho del prócer intachable que presentan las estatuas.
Por si fuera poco, antes de morir completó su currículum participando de la fundación de la Liga Patriótica, una organización de extrema derecha que combatió a grupos obreros que luchaban por reivindicaciones como la jornada laboral de ocho horas. Fue precisamente Manuel Carlés, el líder de ese grupo, quien promovió a héroe nacional la figura de Moreno, centrada en su rol como perito, por el que señaló los límites entre Argentina y Chile.

Bayer no ve razones para glorificar a "un hombre que puso fronteras entre dos países iguales que no tenían fronteras, cuando debimos haber conformado los Estados Unidos de Latinoamérica, como quería Bolívar. Esas fronteras se pusieron de común acuerdo para dar importancia a los dos ejércitos. Así comenzaron las grandes compras de armas a dos grandes fábricas alemanas, que fueron grandes negociados".

¿El Museo de Moreno?

Al fundar el Museo de La Plata, Francisco Moreno había logrado su designación como director vitalicio. Sin embargo, se alejó de la institución cuando ésta pasó a la órbita de la Universidad, nacionalizada en 1906. Para entonces, hacía tiempo que su presencia allí era bastante escasa.
Desde entonces transcurrió un siglo y en el Museo hubo nuevas caras, se sucedieron otras etapas y estilos de conducción, fue guardada en depósitos la mayoría de los restos humanos acaparados en el siglo XIX y comenzó a revisarse críticamente la historia de la institución.

Para Ametrano, "el Museo de hoy no es el museo de Moreno. Y bastante malo sería que lo fuera: significaría que acá no pasó nada. Pero la cultura evolucionó, la ciencia produjo nuevos conocimientos, y estamos trabajando duramente en renovar la presentación de los paradigmas científicos en la función educativa que tiene el Museo". Fernando Pepe disiente: "Muchos de los integrantes de la casa se sienten custodios del legado de Moreno. Sus rastros están en todo el Museo. Todo lo que es fundacional se conserva".

Hoy por hoy, el busto de su fundador recibe a los visitantes en el hall central del Museo, la "Sala Moreno" es una de las más preciadas y mucho se sostiene con los aportes de una fundación privada que lleva su nombre y protege su mito. Héctor Fasano consagró el relato que lo hizo prócer con una biografía titulada "Perito Francisco Pascasio Moreno. Un héroe civil". El libro se presentó en mayo de 2002, cuando al cumplirse 150 años de su nacimiento, el Museo platense y la Fundación Moreno le rindieron "merecidos homenajes" a este hombre "autodidacta, humanista, explorador, legislador, educador" cuyo "legado principal fue el amor y la generosidad que caracterizaron todos los actos de su vida", como aún reza el sitio web de la institución académica,

Modos de ver

En mayo pasado Xavier Kriscautzky presentó en unas jornadas realizadas en la Biblioteca Nacional un impactante audiovisual surgido de la exploración de su propia área de trabajo, el archivo fotográfico del Museo de Ciencias Naturales. Titulado "Desmemoria de La Esperanza, 1906-2006", contrapone imágenes de un ingenio tucumano en dos momentos separados por un siglo. Las primeras, tomadas sin consentimiento y recuperadas en el húmedo subsuelo de la institución platense, dan cuenta de la mirada que algunos científicos locales tenían sobre los aborígenes a comienzos del siglo XX. Las segundas, producidas por el propio Kriscautzky, denuncian la pobreza de los descendientes de aquellos y los olvidos respecto a sus orígenes. El trabajo fue elogiado por el Ministro de Educación de la Nación, Daniel Filmus, que decidió financiar un libro para que esas imágenes se conozcan en ámbitos educativos.

"Hay que mirar cada rostro de los aborígenes del pasado para darse cuenta las condiciones en que estaban, el estado extremo de sometimiento. Lo que quiero mostrar en el audiovisual es cómo una mirada diferente requiere un marco de complicidad para que alguien pose para una fotografía. Ellos toman la decisión: quiero ser protagonista, quiero que alguien se entere lo que nos está pasando. Y no mostrarlo como un elemento exótico", explica el realizador.

Kriscautzky exploró el archivo del Museo, repleto de fotografías con indígenas signados por el sometimiento: "Hay muchísimos desnudos. El científico que hacía desnudar a los indios en la fotografía no lo hacía por una necesidad de la antropometría, que se basaba en estudiar las medidas del cráneo y rasgos faciales. Lo hacía para hacer su trabajo más atractivo a la vista al espectador. O sea que los desnudaba sólo por el hecho de generar un marco erótico en las imágenes, cuando al mismo tiempo en Europa se había prohibido la venta de fotografía pornográfica".

Badenes, Daniel (2006). “Trofeos de guerra”, en La Pulseada, Nº 43, La Plata, septiembre.